«Sabemos que somos mortales, pero no vivimos como si fuésemos mortales». Marta de la Fuente aún no tiene 30 años pero habla con la sabiduría de una anciana. Su recorrido vital se aceleró a los 26. Entonces le diagnosticaron un agresivo cáncer de ovario que ennegreció su horizonte. Las esperanzas estaban en la reserva y parte de su entorno comenzó a mentalizarse para lo peor. Pero entonces optó por lo que ella denomina la decisión más importante de su vida. Se puso en manos del doctor Chiva, del hospital MD Anderson, en la filial madrileña del prestigioso centro de Houston. El depósito de las esperanzas comenzó a llenarse y hoy rebosa. Desde entonces, esta betanceira aprovechó la prórroga que le concedió la vida para dedicarla a aliviar el dolor de los que, como ella, un día supieron que tenían la maldita enfermedad.
Tras realizar un máster en psicooncología, añadido a su especialidad en ansiedad y estrés, hoy Marta dirige la unidad de Psicooncología del hospital donde salvó su vida. Profesional y paciente a la vez, convive cada día en los dos lados del cáncer.
Durante los seis intensos meses de quimioterapia propusieron a Marta ser una especie de conejillo de indias con un nuevo medicamento que ya comenzaba a dar resultados en los Estados Unidos. La empresa farmacéutica Roche realizó un pequeño reportaje en el que ella contaba la excelente respuesta a su tratamiento. El momento de la grabación no podía ser mejor para transmitir esperanza y alegría: faltaba solo una semana para su boda. «Al finalizar el tratamiento me puse en contacto con MD Anderson para ser voluntaria psicóloga», recuerda Marta, una joven cuya voz sedante insufla calma a sus interlocutores. Durante su voluntariado quedó libre el puesto de psicóloga y se presentó a todas las pruebas y entrevistas para ocupar la plaza. Y lo consiguió. Por el medio, acudió de la mano de Roche a un encuentro de pacientes con cáncer en Alemania. Descubrió que todos los países tenían una asociación de afectados por cáncer de ovario menos España. Así que participó en su fundación.
Su perfil de paciente le hace entender mejor que otros profesionales a los que sufren la enfermedad. No obstante, Marta no confiesa su pasado de enferma cuando se pone la bata blanca. «No suelo decir que soy paciente, solo cuando creo que puede ayudar. Hay que tener cuidado porque puede entrar en escena la comparación, el paciente se pregunta ??por qué tú estás bien y yo no??». Incluso en muchas charlas (Marta coordina el voluntariado del hospital) describe su propio caso pero sin decir que es ella.
Para ser felices
Y ella como nadie entiende lo que sus pacientes no quieren oír. Lo recuerda en sus propias carnes. «Es muy fácil decirle a alguien que no se preocupe, pero no se deben dar sermones, hay que adaptarse a lo que cada persona necesita», dice. «Si algo me ha enseñado esta enfermedad es determinar qué puedo hacer para encontrarme mejor, porque hay muchas cosas que dependen de nosotros mismos para ser felices».
Ahora Marta busca incrementar esa felicidad con la maternidad. La enfermedad le dejó como secuela no poder ser madre biológica. Por eso está en un proceso de adopción. Algunos países no permiten adoptar a enfermos oncológicos, pero son los menos. «Estoy emocionada con mi futuro africanito».