El pasado noviembre, en el marco del IV Foro de la Profesión Médica que celebró en Madrid la Organización Médica Colegial (OMC), tuve el honor de participar en una mesa en la que se abordó el futuro de los colegios de médicos, un tema especialmente espinoso ahora que todos los colegios profesionales estamos ansiosos ante la llegada de una nueva ley que deberá regular el devenir de nuestra profesión.
Al parecer, nos encontramos ya en una situación de salida de la inmensa crisis económica que nos ha golpeado durante estos últimos 4 años. Los dirigentes colegiales no hemos sido ajenos a los devastadores efectos de una crisis que ha afectado, en mayor o menor medida, a todos los órdenes de nuestra vida, tanto personal como laboral. En este sentido, los colegios hemos tenido que hacer unos severos ajustes presupuestarios que, sólo gracias al esfuerzo colectivo y a la imaginación de las juntas directivas, no se han visto reflejados en los pilares básicos de actuación que definen el papel de un colegio de médicos: la regulación de nuestra profesión, la formación y el servicio al colegiado y, por ende, a la sociedad que lo sustenta.
Diferencias estatales
Para preparar mi intervención en la mesa de la IV Convención a la que hacía referencia, hice una pequeña aproximación a unos 30 colegios, a los que realice 3 simples preguntas: presupuesto colegial, porcentaje de ese presupuesto cuyo origen es la propia cuota colegial y, finalmente, qué elementos de financiación ajenos a las cuotas tenían los diferentes colegios de médicos. El resultado de esa aproximación es un variopinto mapa en el que, sin embargo, la principal conclusión es que en un elevado porcentaje de los colegios -independientemente incluso de su tamaño- el presupuesto se sustenta fundamentalmente por las cuotas que pagan los colegiados: alrededor de un 70 por ciento de los colegios basan entre el 80 y el 85 por ciento de su financiación en esas cuotas; en un 20 por ciento de las corporaciones aproximadamente, las cuotas cubren entre el 50 y el 80 por ciento de sus presupuestos; finalmente, hay un 10 por ciento de los colegios que respondieron -afortunados ellos- cuyas cuotas representan menos del 50 por ciento de su presupuesto anual.
Pero, ¿cómo se explican estas diferencias? ¿Cuáles son las razones de la menor aportación del presupuesto atribuida a las cuotas? Por regla general, influye la herencia pasada que tiene una corporación, y dentro de esa herencia se incluye la posibilidad de que un colegio pueda contar en su propia sede, por ejemplo, con un centro de chequeos propio, con un restaurante, un hotel o un centro de convenciones, o de que pueda tener la posibilidad de tener inmuebles propios alquilados. Estas fuentes alternativas de financiación pueden abrir el debate sobre una posible desigualdad colegial estatal.
Pero lo que realmente me preocupa es el efecto devastador que tendrá en muchos colegios el tope de 240 euros anuales a la cuota colegial, en caso de que se haga definitivamente efectivo por ley. Es obvio que afectará sobremanera a todas aquellas corporaciones que basan más del 80 por ciento de su financiación en la cuota, puesto que el presupuesto podría llegar a caer hasta un 20 por ciento. Será necesaria, entonces, mucha imaginación y mucha capacidad de gestión para poder mantener los niveles de calidad, de formación y de control de nuestra profesión, tanto en el campo deontológico como en el del intrusismo. Pero, incluso, afectará a los puestos de trabajo en nuestros colegios. Si la crisis económica no ha sido suficiente, este nuevo escenario que se presenta no hace sino ensombrecer un poco más el futuro de los colegios de médicos.
Sólo el convencimiento de la absoluta necesidad de los colegios por parte de quienes estamos temporalmente al frente de ellos, como un elemento más de la vertebración del bienestar de la sociedad, podrá mantenerlos vivos y, en esencia, útiles.