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Evolución-involución de la medicina española

Publicada el: 9 de marzo de 2015

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La calidad asistencial médica de los españoles es indudable pese a la comprensible continua demanda de queremos más. No puede pasar desapercibida la publicidad que la Administración realiza un día tras otro de las prestaciones que se dan a los ciudadanos. Contemplándola, parece que nuestros políticos -que son los que habitualmente chupan más cámara en todos los actos- son también los facultativos de nuestro sistema sanitario. Pero nuestro nivel científico y asistencial no ha sido siempre así, aunque la mayoría de la ciudadanía lo crea.

Hasta 1964 nuestra asistencia hospitalaria tenía nivel de caridad y la ambulatoria casi de curanderismo. En esa fecha, el entonces ministro de Trabajo, Jesús Romeo Gorría, decidió cambiar la asistencia sanitaria de los españoles tras la adquisición de la Clínica Puerta de Hierro y la construcción del Hospital La Paz, ambos en Madrid. Romeo Gorría encargó la organización y dirección del Puerta de Hierro al profesor José María Segovia de Arana, que encomendó la faceta quirúrgica a Diego Figuera, quien fue posteriormente fundamental en el desarrollo de los programas de trasplantes. Desde el Ministerio de Trabajo se asignó como persona de enlace con los directores de los hospitales a José Martínez Estrada, cuya capacidad de trabajo y administrativa fue fundamental -siempre vigilado de cerca por los políticos de alto rango-. Ello facilitó decisivamente el funcionamiento del nuevo sistema sanitario. La asistencia sanitaria española cambió en dos años hasta adquirir la confianza de todos los españoles, que pedían ser atendidos en ellas cualquiera que fuera su condición económica y social.

Artífices del cambio
Segovia de Arana y Martínez Estrada, como los artífices fundamentales del cambio, fueron las personas más importantes de la sanidad española durante los diez primeros años de la puesta en marcha de la nueva medicina. En los dos o tres años que siguieron a la puesta en función de los hospitales de Puerta de Hierro y La Paz, se construyeron otros similares en las principales ciudades españolas (Barcelona, Sevilla, etc.). Pero el tiempo es capaz de todo, especialmente con los cargos políticos. Con el cambio de régimen, Martínez Estrada fue destituido y sus servicios ignorados del todo. Falleció sin reconocimiento alguno hace 30 años. Actualmente nadie sabe quién fue ni el papel que desempeñó Segovia de Arana, que creó la Medicina moderna, fundó el MIR, el FIS y la facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid y casi con cien años, vivo y en plenitud de facultades mentales, todavía es desconocido (o ignorado) por muchas persona de la Sanidad, y sigue sin recibir el homenaje que merece. En realidad, el libro que he escrito (Emergencia y decadencia de la reciente medicina española. Editorial Díaz de Santos) está dedicado a ambos personajes, que, como ha ocurrido con tantos españoles importantes que trataron de conseguir lo mejor para nuestro país, se quedaron sin el reconocimiento que realmente merecían y después se perdieron en la inmensidad del olvido que acompaña al tiempo. Hubo reconocimiento de nuevas especialidades, especialmente de las pediátricas que, ante el inmovilismo de sus dirigentes y su bajo nivel científico, fue llevado a cabo desde el Ministerio de Trabajo por iniciativa del Dr. Martínez Estrada al margen de la Universidad, rompiendo la cortedad de miras de los propios especialistas generales y catedráticos. (Es bien sabido que, salvo raras excepciones, en España se llega a catedrático más como fin que como medio y más por comportamiento que por trayectoria).

Desde hace dos o tres décadas, los facultativos que ejercen como tales en los centros hospitalarios han perdido todo su poder, capacidad de iniciativa e influencia en los mismos y han sido sustituidos por los administrativos (médicos o no) que dirigen el funcionamiento de la sanidad según criterios más bien políticos, sin que el personal sanitario influya lo más mínimo en su desarrollo. En parte por culpa propia, ya que no han defendido su terrero y lo están pagando caro. También lo paga caro la Medicina en general, ya que las perspectivas de formación y progreso científico van cuesta abajo.

A partir de 1964
Tanto la fase de emergencia de nuestra reciente medicina -hay un antes y un después de 1964- como la de decadencia vienen expresadas en el libro mencionado sin tapujos y con menciones personales, sin caer en la descalificación insultante. Se ha seguido un estilo similar al de Arturo Barea en su libro La forja de un rebelde. Tuve la tentación de titular mi libro como la forja de un patriota, pero me resultaba una etiqueta pretenciosa, ya que los verdaderos patriotas fueron Segovia de Arana y Martínez Estrada, con su trabajo durísimo que tuvo tanta influencia en el cambio de una medicina del subdesarrollo por una medicina de elite, que, en mi opinión, estaría llegando a su fin.

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